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lunes, 20 de agosto de 2012

Casas de los Americanos, historia de una escalera


El racionalismo tardío y fronterizo que Le Corbusier pontificó en su Unité d'Habitation de Marsella (1952) y que algunos califican como estilo brutalista es la coartada empleada por Basánez, Argárate y Larrea en sus Casas de los Americanos (1964). Este trío, como unos Crosby, Stills and Nash de la arquitectura bilbaína, manejan con soltura la geometría íntima del cemento y el color en este efectivo ejercicio de composición.

 La poderosa escalera exterior termina dando sentido a la fachada y gana su derecho a figurar en la pequeña historia del arte moderno de la ciudad. Su monumentalidad permitiría apartarla del edificio y convertirla en una escultura singular, como un obelisco al final de una gran avenida.

Tal vez algún día podría trasladarse esta escalera al Guggenheim, y de paso, meterle un poco de caña y pimienta al museo.


Casas de los Americanos
Calle Islas Canarias, Sarriko

jueves, 19 de julio de 2012

Edificio de oficinas en Diputación, eslóganes en piedra


Rafael Fontán se emplea a fondo en este sugestivo edificio de 1947 con un racionalismo épico y resuelto. Más allá del los reposados  patrones del género de la Bauhaus, opta por una solución dinámica con las agresivas ventanas en esquina. La relación con la arquitectura local se establece a través del revestimiento ocre de arenisca, que tiñe el resultado final de un casticismo inesperado.

 La torre en esquina destaca especialmente en una ciudad donde la competencia entre sus otras torres por el primer premio es feroz. Los potentes relieves Art Deco que la culminan son casi una invitación a la acción que junto a la energía general del edificio, resultan en una llamada al trabajo, al esfuerzo y a la productividad.

 Como en algunas ideologías de los años cuarenta, el trabajo tiene su premio, en este caso, en ese paraíso laico que se asienta en el templete de la azotea.


lunes, 5 de diciembre de 2011

Edificio RAG; limpieza, sentido y sensibilidad

Las ciudades, como todos nosotros, se ven obligadas a veces a limpiar el trastero. Este hábito saludable e higiénico acaba en ocasiones en pequeñas calamidades o en grandes disgustos. Cuando el que limpia no es el mismo que el que ha guardado, la intención puede ser diferente y hasta aquella colección de viejos vinilos de Fleetwood Mac puede terminar en el contenedor.

Los intereses mercantiles y los del ciudadano con sentido y sensibilidad tampoco parecen coincidir en el edificio del RAG. Esta notable pieza racionalista de Diego Basterra (1933) va a terminar en la escombrera, o en donde quiera que vaya la buena arquitectura una vez que sucumbe a la piqueta. Tal vez estas cosas son inevitables, tal vez la dinámica de las ciudades es renunciar a lo malo y también a lo bueno.

En cualquier caso, vamos a echar de menos ese pequeño rinconcito Bauhaus que tenía Bilbao. Recuerdo de un pasado industrial, cuando apenas quedan ya vestigios dentro de la ciudad y ejemplo representativo de un estilo racionalista plagado de curvas y blancos luminosos.

Los viejos cacharros acaban a veces ante la indiferencia del trapero cuando podrían haber sido el gozo del anticuario.

Edificio RAG (In Memoriam)
Alda . de Rekalde esquina Fdez. del Campo

Foto: elcorreo.com

viernes, 2 de diciembre de 2011

Sede del antiguo Banco de Vizcaya; la banca, como siempre, a su aire

Los brillos rosados que irradia este lustroso adoquín profetizan tal vez un futuro del mismo color. O al menos así se pudo entender en 1970, cuando se inauguró este rascacielos para el Banco de Vizcaya por obra y gracia de los arquitectos Torres, Casanueva y Chapa, y cuando las grandes empresas planificaban el futuro con la vista puesta en los siguientes 30 o 40 años. Hoy la situación más allá de 30 meses es insondable y 3 meses ya es casi largo plazo.

Los dos volúmenes de esta torre fueron creados para albergar una legión de oficinistas como los que poblaban los páramos cubiertos de mesas de aquella compañía de seguros imaginada por Billy Wilder en “El apartamento”. Ahora los tiempos han cambiado y en esos inmensos espacios ya no resuenan los traqueteos de las máquinas sumadoras ni los escarceos de Jack Lemmon y Shirley Maclaine. Pero si nos queda la frialdad del estilo internacional de este edificio que como tantos otros similares, solo ofrecen ya apenas unos juegos de luz. El racionalismo, cuando cambia de escala y tiende al gigantismo, pierde la humanidad y mucha de la elegancia que es al final su esencia.

La arrogancia económica de finales de los sesenta propició o permitió la ruptura de muchas de las tradiciones urbanísticas del ensanche bilbaíno. Las normas del decoro arquitectónico sucumbieron a las formas, estilo y altura de un edificio impulsado por una banca, que como en tantas ocasiones, se ha sentido de otra raza o de otro mundo, sin sujeción a las leyes humanas y sin contar, por desgracia, con Shirley Maclaine como empleada.

Sede del antiguo Banco de Vizcaya
Plaza Circular

Foto: wikipedia

domingo, 9 de octubre de 2011

Edificio de viviendas en Alameda de Urquijo, los maravillosos años 30

Los años treinta fueran una década para el olvido, triste corolario de la crisis de 1929, y feroz ensayo de lo que luego sucedió en los cuarenta. Pero esos años broncos fueron también triunfales para la arquitectura del ensanche, con una sucesión de obras magníficas producidas por la mejor generación de arquitectos que ha conocido Bilbao.

Cuando el talento y la creatividad, como a veces el amor, están en el ambiente, hasta los encargos más anodinos muestran inspiración. Una sencilla medianera en la Alameda de Urquijo permite recrear a Anastasio Arguinzóniz (1934) un juego de volúmenes curvos y líneas horizontales que insinúan movimiento y dirección, frente la estatismo de las fachadas colindantes.

El acrisolado y simple racionalismo de este edificio, como tantos otros de su estilo, no necesita sucumbir a la erótica del diseño para ofrecernos la emoción más pura que puede dar la arquitectura, la elegancia.

Edificio de viviendas
Alameda de Urquijo 54

martes, 4 de octubre de 2011

Edificio de viviendas en Ercilla, marinero en tierra

Edificios como el de la calle Ercilla de Rafael Fontán (1943), son de los que convierten a sus autores en algo más que una nota a pie de página en la historia de la arquitectura bilbaína.

El fino racionalismo de Fontán tiene ese aire naval, casi de ingeniería, que comparten muchos de los mejores ejemplos de la escuela racionalista. Las curvaturas y el predominio de líneas horizontales nos trasladan a las despejadas cubiertas de los grandes transatlánticos de la Cunard de la primera mitad del siglo XX. Los pasamanos de tubo metálico ahondan en ese efecto y nos ofrecen un asidero firme en los días de viento duro del nordeste.

El ángulo agudo de la planta configura la proa del edificio que queda rematada en la cabina-torre del piloto. Todo el conjunto transmite una sensación de movimiento  plácido e ineludible, cuyo destino final, tal vez solo lo supo aquel arquitecto marítimo y sensible que fue Rafael Fontán.

Edificio de viviendas en Ercilla
Ercilla 43

domingo, 28 de agosto de 2011

Edificio de viviendas en Gran Vía, la fachada como lienzo

Pedro Ispizua es un de esos notables arquitectos, con personalidad y una forma de hacer propia, que tanto han contribuido a modelar Bilbao. El edificio de viviendas de Gran Vía esquina con  Gregorio de la Revilla (1945) podría ser un arquetipo de su estilo.

Ispizua propende al racionalismo canónico y preceptivo, pero en ocasiones no resiste la tentación de utilizar esas fachadas limpias como un lienzo para el expresivo Art Deco.  En este edificio de Gran Vía la base es tal vez más neutra que racionalista, ya que la esquina es achaflanada más que curva y no esta presente ese delicado juego de líneas horizontales y curvas suaves que precisa esta escuela.

Como en tantos edificios de Bilbao, el gran despliegue estilístico se produce en las últimas plantas y sobre todo en las torres que rematan las esquinas. Aquí, el paseante sereno que alce la vista, a diferencia de todos aquellos que hormiguean a diario la Gran Vía abrumados con sus negocios y sus desventuras, puede contemplar el ejercicio de Art Deco que nos ofrece Ispizua. Tres elementos; las esculturas, las fuertes nervaduras verticales de la parte más alta de la torre y los cuatro pináculos de corte balístico,  bastan para fijar una vez más la impronta de un arquitecto y la personalidad de una calle.

El lugar de los buenos lienzos es el museo y la Gran Vía tal vez sea el mejor museo de Bilbao.

Edificio de viviendas
Gran Vía – Gregorio de la Revilla

domingo, 17 de julio de 2011

Edificio La Aurora, reminiscencias de Nuremberg


La arquitectura, como la historia, nos permite revisitar los momentos más terribles del pasado y tal vez aprender alguna lección. El espléndido mosaico que es la ciudad de Bilbao cuenta con una pieza de estilo nazi insertada en su céntrica y emblemática plaza de Federico Moyúa.

Nunca sabremos si su creador Manuel Galíndez (1935) pudo ver y ser seducido por el documental de Leni Riefenstahl o su obra solo es un reflejo de la estética del momento, un racionalismo amable e inofensivo.

De cualquier modo el edificio de la Aurora presenta tres rasgos inquietantes. Su basamento oscuro, en contraste con las plantas superiores más livianas, alude a los deseos de firmeza e inmutabilidad, viejo truco de oficio de las arquitecturas más totalitarias. Las pilastras de la fachaza principal están más cerca de los detalles kitsch a los que propende la parafernalia nazi que al elegante estilo Bauhaus que tantas veces sirvió en Alemania como decorado feliz para una representación infernal. Y por último su azotea retranqueada, limpia y desnuda. Escenografía imprescindible para todo personaje con gorra de plato y con muchedumbre sumisa y dispuesta a ser arengada.

Seguro que las intenciones de Galíndez y de este edificio de oficinas eran otras muy distintas pero uno nace cuando nace y está atado a las formas del momento.

Edificio La Aurora
Plaza de Federico Moyúa 4


jueves, 14 de julio de 2011

El rascacielos de Bailén, vuelven Sam Spade y Philip Marlowe

La novela negra clásica prefiere recrearse en situaciones o ambientes y desdeña las peripecias; nunca acabaremos de entender la trama de “El Halcón Maltés” (Dashiell Hammett) pero algunos diálogos son inolvidables.

Bilbao ofrece algunos rincones propicios para esos intercambios acerados. El rascacielos de Bailén uno de ellos. Finalizado en 1946 por Manuel Galíndez y con un estilo funcional y racionalista nos traslada a un Los Angeles de postguerra, imposible con sus brumas y gabardinas.

La sobriedad del portal conduce a once pisos donde casi adivinamos unas oficinas con cristales esmerilados y aromas de whisky, cuero ajado y mujeres peligrosas. Nuestra ciudad, esta vez, si pondrá la lluvia.

Foto: wikipedia

martes, 12 de julio de 2011

Edificio El Tigre, vindicación de la arrogancia

La contenida estética racionalista de esta antigua fábrica de correas encierra una lección moral. Pedro Ispizua finalizó este edifico en 1943, una época incierta y complicada en lo político y en lo económico. Las líneas concisas y sin ornamentos de su fachada se adaptan bien a esos tiempos de penuria, pero su cubierta nos regala una declaración de principios diferente.

Un majestuoso tigre observa con minuciosa arrogancia todos los futuros posibles desde su colina de piedra. Parece no temer a nada y no podemos dejar de admirarnos ante una casta de empresarios capaz de modelar con tal rotundidad su actitud ante los desafíos.

Gran lección entonces y mejor aún hoy.

Foto: wikipedia