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jueves, 2 de agosto de 2012

Puente e Iglesia de San Antón, gracias FQ

 

Érase un puente a una iglesia pegado,
érase una iglesia superlativa,
érase una iglesia gótica y festiva,
érase un lugar de culto muy bragado.
 
Era un recinto bien cuadriculado,
érase una torre pensativa,
érase muy barroca por arriba,
era del Iturburu más adornado.
 
Érase un pórtico y una escalera,
érase de un estilo exquisito, 
la gran maravilla de Bilbao era.
 
Érase un catolicismo infinito,
muchísima iglesia tan altanera
que en la faz de Bilbao fuera delito.
 

lunes, 26 de diciembre de 2011

Catedral de Santiago, Bilbao bien vale una misa

Algunos edificios, al igual que algunas formaciones geológicas sorprendentes, comparten su origen el la acumulación de capas o sedimentos. La Catedral del Casco Viejo es uno de esos casos; desde el siglo XV, una cadena de reformas, restauraciones y añadidos han venido de la mano de un surtido grupo de arquitectos; desde los más recientes Joseba Rementería y Rafael Purroy (2000), hasta nuestros sospechosos habituales; Manuel Galíndez (1925-1930) y Severino Achúcarro (finales s. XIX).

El producto final responde al apelativo genérico de gótico aunque el observador más erudito disfrutará con otros sabores más sutiles como el neogótico, el tardogótico o el exuberante gótico florido. La Catedral de Santiago comparte con otras obras de su estilo, esa sensación de máquina compleja, con demasiadas piezas o demasiados nombres que nos ahogan. La mera enumeración de sus partes, la sucesión de triforios, arbotantes, girolas  y cruceros nos hacen desear el borrar de nuestra mente todos esos conceptos, olvidarnos de la ingeniería medieval, y quedarnos con la luz, la atmósfera y el sosiego interior.

Esta Catedral aporta tal vez una nueva variante al amplio catálogo del estilo gótico, algo así como gótico bilbaíno, que consiste en adosar un tremendo pórtico que proteja a nuestros feligreses de la inevitable lluvia bendita.

Catedral de Santiago
Plaza de Santiago – Casco Viejo

viernes, 16 de septiembre de 2011

Estación de metro de Sarriko, del románico al gótico

El túnel es la lengua franca de todas las tribus de metros que horadan las grandes capitales. La lógica constructiva de las bóvedas de cañón semicilíndricas, o más o menos elípticas, modela las estaciones  de todo el mundo. Lo mismo sucede en la mayoría de las creadas por Norman Foster, con alguna excepción inmortal como la de Sarriko.

El vértigo diario del metro alterna con precisión una vorágine de prisas con la calma y recogimiento de la tranquila espera en los andenes. El talante de cada uno nos lleva al diálogo o a la introspección, y para ello nada mejor que el recogimiento envolvente de las bóvedas, como descubrieron hace más de mil años los maestros de obras de las iglesias románicas.

El gótico lo cambió todo, nos pasó de una religión pegada al suelo, a la elevación física y espiritual de los arcos ojivales. La luz y las vidrieras sustituyeron a la oscuridad y a las opresivas pinturas románicas.  Ese pequeño milagro también ocurre en la estación de Sarriko.

Los andenes como las naves de una catedral, la altura, la luz. El espacio entre el recogimiento ensimismado y la mística, es mínimo en Sarriko. Y a diferencia de las antiguas catedrales, donde la elevación del espíritu era solo una metáfora, en Sarriko disponemos, gracias a Norman Foster, de una interminable escalera mecánica que se eleva hacia los cielos y hacia la luz.

Cuando el rumor de los trenes desaparece en las profundidades de los túneles y el silencio se apodera de la estación, a veces nos parece escuchar una misa de Johann Sebastian Bach, o tal vez, la Escalera al Cielo de los nunca olvidados Led Zeppelin.