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jueves, 2 de agosto de 2012

Puente e Iglesia de San Antón, gracias FQ

 

Érase un puente a una iglesia pegado,
érase una iglesia superlativa,
érase una iglesia gótica y festiva,
érase un lugar de culto muy bragado.
 
Era un recinto bien cuadriculado,
érase una torre pensativa,
érase muy barroca por arriba,
era del Iturburu más adornado.
 
Érase un pórtico y una escalera,
érase de un estilo exquisito, 
la gran maravilla de Bilbao era.
 
Érase un catolicismo infinito,
muchísima iglesia tan altanera
que en la faz de Bilbao fuera delito.
 

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Sede del BBVA en Gran Vía, el poderoso influjo del interés compuesto


El negocio bancario ha sido ajeno a las revoluciones y vaivenes de los últimos siglos. No ha variado apenas desde que mercaderes florentinos negociaban moneda y letras de cambio en unos sencillos bancos de madera en plena calle, que por eso los llamamos bancos ahora.

La banca se ha mantenido siempre fiel a sí misma porque siempre emplea los mismos principios, que son los que parecen animar también la sede del BBVA, creada por Pedro Guimón en 1919.

El compás que permite navegar entre los más peligrosos bajíos financieros es la diversificación, apostar a todo, con la esperanza de que algo acabe funcionando o en el peor de los casos, si algo sale mal, que no sea letal. El edificio del BBVA parece inclinarse hacia ese razonable principio económico, dedicando porciones del mismo a todos los estilos relevantes, y permitiéndonos recorrer con un golpe de vista toda la historia de la arquitectura, desde los griegos al barroco aunque tal vez echemos en falta a los magníficos egipcios.

El segundo gran principio bancario es el interés compuesto, la fuerza más poderosa del universo según Albert Einstein. Auténtico motor que hace crecer el dinero, lo mismo que ha sucedido con las columnatas corintias laterales que parecen haber alcanzado proporciones metafóricamente prodigiosas con el paso del tiempo.

La inspiración antigua culmina con el templete superior del chaflán de entrada donde el dios Mercurio, antiguo mensajero de los dioses, añora los tiempos cuando señoreaba sobre los paseantes de Gran Vía y quizá lamente su triste papel actual, de pobre recadero de “los de arriba”, transmitiendo un lacónico: “lo sentimos, su propuesta no ha sido aceptada”.

Sede BBVA
Gran Vía esquina Alameda de Mazarredo

viernes, 23 de septiembre de 2011

Iglesia de San Nicolás, el sombrero de tres picos

La Iglesia de San Nicolás es el contrapunto religioso del Teatro Arriaga. Ambas ocupan los extremos del Arenal bilbaíno y frente al neobarroco montaraz del Arriaga, San Nicolás nos sosiega con su estilo barroco auténtico y crepuscular, que preludia un neoclasicismo ya inminente.

Los dos edificios lucen enormes tambores en sus cubiertas, el del teatro cubre el patio de butacas y el de la iglesia una gran cúpula semiesférica. Tenemos así dos escenarios que se enfrentan en el Arenal, uno especializado en la lírica y otro en la mística.

Pero también esta iglesia del siglo XVIII, muy bien ejecutada por Ignacio de Ibero, pudo ser un lugar de encuentro en aquel siglo de la ilustración. Los porches que la flanquean seguro que ofrecieron cobijo en los días inclementes a tratantes de ganado bien alimentados, pescadores y quizás algunos gentilhombres con sus casacas, polainas y sus sombreros de tres picos.

Algunos de aquellos hombres tal vez fueron incipientes capitanes del comercio que a lo mejor comenzaban a imaginar una ciudad.

Foto: wikimapia.org


viernes, 19 de agosto de 2011

Edificio de Correos, el Bilbao de los Austrias

Una de los métodos no del todo ineficaces de creación artística es la combinación de elementos dispares; se agita bien la mezcla y se presenta esperando que el resultado no sea del todo descabellado. A veces funciona y en alguna ocasión el resultado es sublime. Secundino Zuazo, utilizando tres ingredientes, tantea este sistema en su Edificio de Correos (1927). Veamos el resultado.

El primer ingrediente es el propio cuerpo del edificio. Una masa de pulcros paramentos de ladrillo, elegante, funcional con sus grandes ventanales y puede que avanzado para 1927. Zuazo parece recibir la inspiración tras un viaje a Holanda y el estudio provechoso de la obra de Hendrik Berlage, gran arquitecto y hábil ejecutor de delicadas superficies de ladrillo.

Del estilo moderno de Berlage en la fachada, pasamos casi a la edad media en la cubierta, con el tremendo alero de inspiración montañesa. En un clima nuboso como el de Bilbao, este tipo de cubierta actúa visualmente como un trazo grueso que separa el gris del cielo del cuerpo del edificio. La última planta en tonos claros acentúa el contraste y ayuda a resaltar los paramentos de ladrillo.

El último elemento es la espléndida entrada barroca, que nos traslada a la época de los Austrias, y sobre la cual preside un gran escudo de águilas bicéfalas, tal vez de cuando en el imperio bilbaíno no se ponía el sol.

El resultado final de la obra es inquietante o cuanto menos nos deja con la sensación de que las partes son superiores al todo. Aún así, y tras observar durante unos momentos la portada barroca, puede que no nos sorprenda ver aparecer a Don Francisco de Quevedo, con su traje negro y Cruz de Calatrava roja, ajustándose nervioso los anteojos, tras haber enviado una nueva carta para sosegar el ánimo del temible Conde Duque de Olivares.

Edificio de Correos
Alameda de Urquijo 15


viernes, 12 de agosto de 2011

Casa Lezama Leguizamón, tratado de buenas maneras

En ocasiones,  una clase social no necesita, para justificar su prestigio, enlazar con lejanas victorias en batallas medievales. A veces se puede lograr un efecto similar si se dispone de capital, un arquitecto hábil, un buen sastre de la escuela inglesa, preferiblemente amamantado en Savile Row, y alguna habilidad con los cubiertos a la hora del almuerzo.

La casa Lezama Leguizamón es un ejemplo afortunado. Una porción de la alta burguesía bilbaína tuvo todo eso y algo más a principios de los años veinte del siglo pasado; un solar espectacular mediado entre la Gran Vía y el Parque de Doña Casilda y dos arquitectos en vez de uno.

Ricardo Bastida y José María Basterra (1922) escenifican con astucia un soberbio espectáculo de esplendor, magnificencia y dinero bien invertido. Esta gran macedonia de estilos y columnas configura un edificio que va desmelenándose según va ganando en altura. El circunspecto basamento almohadillado termina en una balaustrada a partir de la cual comienza la fiesta de columnas, ornamentos y terrazas que nos llevan hasta las dos últimas plantas de inspiración barroca. El elemento final son las torres que rematan las esquinas. La torre es tal vez el elemento arquitectónico más en entrelazado al concepto de poder, un complejo que arrastramos desde la Edad Media. El edificio termina con unas elaboradas coronitas – balaustradas - que reposan sobre las cuatro torres.

Es posible que hubiéramos preferido una burguesía que no se hubiera tomado a si misma tan en serio. Quizá un simpático ladeo en las coronitas de las torres la hubiera hecho más cercana.

Casa Lezama Leguizamón
Gran Vía, 58-60