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domingo, 26 de agosto de 2012

Oficinas Sota Aznar, Compañía de las Indias Orientales


En las industriosas calles de Londres abundan edificios de oficinas como este de Frederik Lindus Forge (1916) que comparte con muchos de ellos el conservadurismo del estilo.

 El estancamiento mercantil del último tramo del imperio británico se refleja en oficinas como estas de Sota Aznar. El clasicismo firme y apretado de las fachadas juega a ocultar un posible laberinto interior de largos pasillos e intrincados negociados. A principios del siglo XX solo la gran banca utiliza ya esta estética cuando apuesta, perdón, invierte en una imagen más tradicional que dinámica.

 La ampliación de Manuel María de Smith de 1926 es continuista como no podía ser de otro modo. Así, la complacencia inmovilista de este gran edificio comercial ayuda a fijar el final de una época de esplendor y es una pena porque es un hermoso edificio pero que transmitió un mensaje equivocado para un momento histórico que necesitaba energía y transformación.

 

Oficinas Sota Aznar
Alameda de Mazarredo esq. Ibáñez de Bilbao

 

sábado, 11 de agosto de 2012

Edificio de viviendas en Gran Vía, torres de gimnasio


Al final de la Gran Vía, cuando esta empieza a perder su nombre, se levanta este opulento edificio de Pedro Ispizua (1943). De un clasicismo cimarrón y resabiado, resalta por la magnificencia de sus torres en esquina.

 Ispizua, después de dibujar con trazos rápidos y precisos unas torres elegantes y galanas, como es la norma en tantos edificios del ensanche, debió cambiar de idea y sometió a sus criaturas a un tratamiento intensivo de esteroides. El resultado de los experimentos del doctor Ispizua son unos masivos bastiones en esquina que le dan su personalidad original y encanto a esta obra que adorna la Gran Vía.

 La levadura que ha levantado estas torres era el secreto mejor guardado de nuestro buen doctor.



Edificio de viviendas
Gran Vía 68


martes, 13 de diciembre de 2011

Estación de Abando, un tren de lejanías

Hay lugares que no son el remedio contra la melancolía. Si atravesamos un día deslucido y el pájaro de la tristeza busca anidar en nuestra cabeza, mejor que nos mantengamos alejados de la estación de Abando. 

La arquitectura del régimen pobló España de muchos edificios administrativos y funcionales similares a este de Alfonso Fungairiño (1941-1950), de los que, más allá del clasicismo sin vida, solo quedan unas cáscaras huecas llena de legajos y puños raídos.

La tristeza de aquellos años se eleva sobre el desganado conjunto de paramentos almohadillados, frontones y pesadumbre. Ni siquiera la estructura metálica que cubre la nave central, aprisionada entre aburridas fachadas laterales, puede aportar gracilidad al conjunto.

La memoria de la emigración de los años cincuenta acecha los andenes y cuando el penetrante silbido de la locomotora anunciaba la partida del tren, renace la promesa de un futuro mejor en un país lejano, entre una abundancia de prosperidad, trabajo y salchichas de Frankfurt.

Estación de Abando
Plaza Circular 2

Foto: wikipedia