Mostrando entradas con la etiqueta Plaza de Federico Moyúa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Plaza de Federico Moyúa. Mostrar todas las entradas

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Plaza Moyúa, esplendor geométrico

El trasiego ajetreado de la Gran Vía queda en suspensión una vez que se cruzan los lindes de la Plaza Moyúa. Allí se hace realidad el viejo deseo de doblegar la naturaleza a fuerza de tiralíneas y voluntad.

Los sueños de la razón, cuando no están ocupados en producir monstruos, pueden crear esplendidos jardines de estilo francés como los de Versalles o esta encantadora miniatura que es Moyúa. Fuera del perímetro elíptico de la plaza todo es caos, plusvalía o desesperación. Dentro, podemos dejar todo eso atrás o por lo menos mantener la ficción de que podemos hacerlo. El impecable trazado de los parterres o quizá el rumor de la fuente nos proporcionan algo de sosiego y la geometría inevitable del lugar nos invitan a imaginar un mundo exterior también gobernado por el orden y la razón.

La gastada metáfora del oasis tal vez tenga otra oportunidad aquí, siempre que no nos dejemos llevar por la premura cuando cruzamos Moyúa y nos regalemos unos minutos sentados en los bancos de piedra.

El tiempo se ha detenido por unos momentos y el efecto puede que haya sido balsámico, pero al salir nos damos cuenta con horror de que los monstruos siguen donde los dejamos.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Delegación de Hacienda, la defensa numantina

Puede que uno de los propósitos más antiguos de la arquitectura haya sido el de infundir temor. La tribu, después de conseguir un techo bajo el que cobijarse y una muralla tras la cual defenderse, urdió los métodos de amedrantar a sus enemigos con el uso ingenioso o prepotente de las formas. Hace 3000 años, los asirios ya dominaban esta manera de hacer política en piedra, cuando abandonaban y amedrentaban durante horas a los embajadores de los países vecinos en enormes salas saturadas de terribles bajorrelieves, que cantaban las increíbles victorias de unos reyes asirios invencibles. Desde entonces, la técnicas no han mejorado, pero si se han vuelto más sutiles.

El fascismo, como todos los totalitarismos, ha favorecido siempre la política del miedo. Y eso se ha trasladado inevitablemente a sus variadas arquitecturas. En la Plaza de Federico Moyúa tenemos un fantástico ejemplar de edifico intimidante.

La delegación de hacienda de Antonino Zobaran (1943) combina dos poderosas fuerzas, el totalitarismo y los tributos, y el edificio aún puede suscitar sentimientos inquietantes pese a que los vaivenes del tiempo, la política y los impuestos han ido diluyendo su carga emocional.

Visto de frente, el edifico nos disminuye y atosiga con sus rotundas esquinas a modo de bastiones que culminan con el imponente escudo de la cubierta. La brutalidad del orden de pilastras difícilmente entronca con el clasicismo más acogedor, y si nos arroja en cambio contra la sólida eficiencia burocrática.

Los primeros años cuarenta fueron muy duros para todas las partes que los vivieron, también para el joven régimen franquista. Tal vez las casamatas bunkerizadas de la azotea, en caso de un alzamiento y contraataque de las fuerzas democráticas, pudieran haber sido la última línea de defensa para el negociado de impuestos indirectos.